Por Kevin Ganora

Buena Vista Social Club en Mendoza

septiembre 17, 2012  |  Sin Comentarios

Al fin le llegó el turno a Mendoza. La histórica banda cubana (o por lo menos uno de ese grupo de leyendas, que vivas o muertas siguen vigentes) Buena Vista Social Club en nuestra provincia. No lo podía creer cuando me llego el comentario hace un más o menos un mes atrás. Los himnos de la música cubana, que tantos años como vueltas al mundo llevan en sus mochilas, sonarían (¡y como sonaron!) en el Bustelo.

Sin dudarla mucho y pensando que no podíamos perdernos este primerizo show guajiro, con Carla, mi chica, conseguimos 2 de las entradas más baratas ($150, $230 y $300). A penas llegamos no sabíamos por donde entrar. Nos quedamos reconociendo y buscando información útil en la entrada. Caímos en la cuenta de que íbamos a tener que hacer una cola de 150 metros de largo. Rápida y sutilmente nos metimos con un grupo de personas que estaban por ingresar y nos ahorramos una gran espera.

Entramos y nuestro mayor temor se hizo realidad. El auditorio completamente lleno de BUTACAS y nuestras entradas nos conducían a la antepenúltima fila, la 35. Estábamos como a 50 metros del escenario. Todo había sido organizado para que un cuantioso grupo de chicas formalmente vestidas, las “acomodadoras”, te recibieran en la puerta del salón para acompañarte hasta tu respectivo lugar.  Nuestros asientos eran el “37” y “38”. Recuerden estos números, no por nada los escribo.

Obviamente no íbamos a poder apreciar el espectáculo como es debido desde la lejanía. Por eso, tras pensarlo unos minutos, decidimos emprender la búsqueda de un mejor lugar. Nos levantamos y empezó la comedia, mitad actuación, mitad realidad. Buscábamos a la primera cara conocida que se nos cruzara, siempre acercándonos al escenario. Nada por aquí, nada por allá.

Hasta que acertamos. Nuestros buscadores  ojos se cruzaron con los del novio de una amiga que, oh casualidad, estaba felizmente en el sector de las entradas caras. Nos ubicamos una fila delante de él, en los asientos “7” y “8”.

El paso uno estaba completo, ahora solo faltaba esperar a que no vengan los verdaderos dueños de los asientos, con alguna molesta acomodadora a quitarnos los flamantes lugares.

Así fue como empezó una larga e impaciente espera para que las luces del lugar se apagaran. No quedaba otra que charlar y dejar fluir la situación. Esta nota que ustedes leen la comencé a escribir en ese momento.

Nuestras miradas que no querían parecer nerviosas estudiaban el entorno circundante. En un momento Carla me dijo muy tranquila: “No te preocupes, estos asientos son la cábala, el 7 (ella) y el 8 (yo).” Y luego me hizo caer en la cuenta de que nuestras entradas tenían los mismos números de butacas que los de nuestros pasajes en el micro de ida a Bs As. El “37” de ella y el “38” mío volvían a coincidir. ¿Coincidencia? Claro que no, las cosas pasan por algo y todo es causal.

Y parece ser que así tenía que ser, porque desde esos asientos más cómodos para nuestros ojos, nos deleitamos cuando las luces se apagaron, el telón abrió sus brazos y comenzó a sonar la introducción. Eliades Ochoa sale al escenario, da “las buenas noches a la GRAN FAMILIA (el público). Dio comienzo diciendo: “Mi padre me enseño que los que no tienen buen desenvolvimiento para hablar, tienen que tocar. ¡Música maestro!”

Una hora y media alcanzó para que suenen los clásicos “Chan Chan”, “El cuarto de Tula”, “Candela”, “Píntate los labios María”, “Guantanamera” y “El Carretero”, junto con algunos sones, un bolero, un merengue y otros tipos de música netamente cubana chico.

La gente no paró de pedir a gritos que corran las sillas para poder bailar. Primeros algunos pocos, a los que se les sumaban las pocas parejas que se paraban a mover las caderas a los costados de la organizada muchedumbre, y después muchos más, hasta que lo consiguieron. En los últimos temas gran parte de los que asistieron se acercaron al escenario a bailotear y compartir de ese calor tan rico que emanaban los músicos.

Todo lo que empieza termina, aunque para muchos de los presentes el show pudo, o tuvo que haber durado por lo menos media hora más.

Nosotros salimos satisfechos de haber escuchado pequeñas partes de una vasta historia. No teníamos otra cosa en mente más que tomar unos mojitos bien cubanos en el primer bar que se cruzara en nuestro camino.

Fotos: MuchaMerd