“Me quiero ir a vivir a una canción”

Una charla que derivó en reflexiones con olor a espíritu adolescente.

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“Me quiero ir a vivir a una canción”  

“Me quiero ir a vivir una canción” fue la frase que quedó rebotando entre las paredes de una conversación melómana que hacía del lobby de ese castillo medieval que todos tenemos entre los parientales. Podría haber sido una tarde más con una de esas charlas habituales sobre la epifanía de la música. De las canciones. Ese montoncito de universo que se mete en el planeta vacio de tu mente y le pone soles, mares, montañas, estrellas y una montaña rusa con cuatro loops mortales. Eso son las canciones.

Cómo decía, hablábamos de canciones y de allí surgió la frase “me quiero ir a vivir a una canción”. La información es corrosiva. ¿Qué es la información? Bueno, es una pregunta pretenciosa. Teniendo en cuenta que es el petróleo posmoderno podemos citar a una importante cantidad de sociólogos, linguistas, comunicólogos, los patrones de estancia de la semántica, gente que repetirás como loro si estudias Comunicación Social.

Quién fue el primero en bajar la guardia? Estamos contruyendo la nueva torre de Babel, creyendo que hablamos el mismo idioma porque metemos la cuchara en ese asunto de levantar un edificio que no se sabe donde termina y de movida viene chueco. Sin cimientos, nadie se pregunta porque, adonde, para que PERTENECEMOS. Esto me recuerda la 2º temporada de Lost en la que Desmond y John Locke estaban convencidos de que había que apretar el botón cada 108 minutos para la energía electromagnética no los hiciera al spiedo y Jack decía que no iba a pasar nada. Estamos todos metidos en una gran escotilla por miedo a que nuestra vida vaya a explotar.

Es un punto de vista adolescente, inexperto, la bandera apolillada de los 60`. Qué más da. Las mejores historias son las de los héroes anónimos.

La información es lo que acaba con la niñez. El asunto de las hormonas es un punto de vista. Para que no considere el lector que esta nota fue antecedida por una fumata de libustrines me refiero a la niñez como concepto. Es ese estado en que aún te reconocés parte de todo lo que no tiene copyright y entonces aparecen las canciones y tus venas se convierten en  cristales preciosos. Sos el prisma que descompone el haz de luz y no necesitas ninguna burocracia para considerarte el inventor de los colores. Porque las canciones son asi de generosas, siempre nos dejan la sensación de que los grosos somos nosotros.

En ese punto estaba la reflexión que llevó a la sentencia de querer vivir en una canción. Con latidos bien cuadraditos, corazón en negras, surrealismo absoluto, un imperio en versos octosílabos respirando brases hasta agotarse en un fade out agradecido. Después de semejante experiencia, que importa que la vida dure apenas cuatro minutos.

Sino a ver quien se atreve a contradecir a David Byrne: “El mundo no entiende de lógica, es una canción”

Por: Florencia Silva

Foto: Deviant Art


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