Amordazados por la regla

Una visión sobre “aquella visión” de el vivir en un mundo etiquetado.

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Amordazados por la regla  

Aquella visión tan banalizada y hasta mediocre de que vivimos en un mundo etiquetado, sin sorpresas debajo de las piedras, donde cada persona y cada cosa en su lugar es nada más que eso, puede estar un poco equivocada.

Vino a mi mente, no hace mucho, esta idea de que quizás no estamos del todo tan encasillados como solemos pensar. Los cambios que presenciamos no se avecinan porque estamos, precisamente, en tiempos modernos sino que los venimos trayendo desde las entrañas de la historia y aún no somos capaces de reconocerlos o, mejor dicho, nos retrotraemos conforme somos más “modernos”.

Vivimos tiempos en los que las profesiones son enclaustradas en una serie de adjetivos que acarrean consigo a quienes las practican haciendo, de esta manera, que generalicemos a la hora de caracterizar a un grupo profesional.

No por nada despertó en mí esta idea al escuchar en una conversación sobre identidades vocacionales que aquellos médicos, contadores o bioquímicos eran seres de mentes duras, inflexibles, incapaces de concebir la sensibilidad como expresión ideal, críticos ponzoñosos de mirada petrificada hacia la vida. Y en cambio son los artistas los líderes de la palabra, la realidad onírica y el conocimiento de los sentimientos más puros e indetectables al ojo humano.

Quizás hoy esté aquí para refutar y ayudar a cambiar un poco esa visión de mármol que se tiene por las vocaciones y dejar la generalización de lado, si es que eso es posible. De repente, al paso que mi idea se iba gestando, tropecé con un artículo que recordaba al gran escritor Vladimir Nabokov y su minucioso estudio por ciertas mariposas migrantes desde Asia hasta América a través de millones de años en una serie de olas. Así es, el magnate escritor, amante de las letras y de capacidad tan sensible como una flor, pasó gran parte de su tiempo investigando y elaborando una hipótesis que, en 1945, lo llevaría al secreto podio de los científicos.

Si bien su teoría tuvo poco éxito al principio, en los últimos 10 años ha tomado tal vuelo, cual las sagaces mariposas, que a través de tecnología de ADN recombinante prueba que  Nabokov estaba totalmente acertado acerca de estos elegantes insectos. Es más, su auge literario no fue sino después de 1940 cuando ya contaba con varios años dedicados al estudio científico que fue subsidiado, en parte, por su segunda novela Rey, dama, valet. Su trabajo como investigador fue muchas veces un buen disparador de su imaginación, la que alimentaba con ficciones de mariposas viajeras; un ejemplo para dejar de rotular a las personas y sus aficiones, ¿no?

Si Nabokov no fue suficiente, hay otros íconos de la literatura que se destacaron en el estudio científico y a las bellas artes. Es el caso de Julio Verne, quien además de haber escrito obras para ópera y teatro, se abocaba avasalladoramente a la geología, astronomía e ingeniería, usando estos conocimientos para colmar de aventuras sus novelas y predecir, un siglo antes, muchos de los descubrimientos del siglo XX; sino lean 20.000 leguas de viaje submarino.

Herman Melville, el autor de Moby Dick, además de ser reconocido como uno de los mejores autores que escupió EE.UU, vagó durante año y medio por los mares de sur, hasta desembarcar en las Islas Marquesas y convivir un mes entre caníbales. Estas experiencias en barcos marinos también ayudaron a este habilidoso de la palabra y la prosa a relatar fantásticas historias que lo condujeron al pedestal de la historia de la literatura.

Una vez más, la mirada parcial le gana a la simple y tan holgazana generalización. Basta con ser un poco más cauteloso, mirar con atención y descubrir que una mente asfixiada por los números y las ciencias duras tiene recovecos de aire igual de vertiginosos que los pensamientos explotados de una cabeza llena de sentimientos a flor de piel.

Por: Agustina Pérez

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