Recauchutando Almas

Bigote se presento en el Quinatanilla, pasá que te lo contamos…y mostramos

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El Teatro Quintanilla fue testigo el jueves 8 de julio de lo que Bigote logra construir de la mano de Marcos Salas en guitarra y voz, Colo Rubia en guitarra, Diego Araneda en contrabajo, Juan Martínez en tambores y platillos y Ulises Pannocchia en guitarra eléctrica. Para no quedarse cortos (como si fuera posible) el show contó además con la incorporación de los coros de la cada día más bailarina Alejandra Mascareño y las proyecciones de Fede Moreno. Con una muy personal estética circense y un sonido muy marcado demostraron a lo largo de dos horas por qué son una de las bandas más originales y llamativas dentro de la escena independiente mendocina.

No quedaba lugar pero nadie podría molestarse por estar sentado en la alfombra cuando se sabía o presentía lo que iba a venir. Unos minutitos antes de las diez, se abrió el telón y empezó la propuesta de la banda que homenajea a los labios con flequillo. Si algo me gustaría destacar de Bigote a primera mano es la generosidad artística que ofrecen desde el primer segundo: la imagen que se nos propuso apenas se dejaron ver las tablas fue la de una escenografía impactante que nos instaló inmediatamente en un teatro-circo.

El elegido para romper el hielo fue “Diccionario de lo Olvidado” y a lo largo del show fueron desfilando canciones con melodías de gran poder visual (para los que nos gusta retener imágenes) como “Palomas y Palomas”, “Sin Lunas ni Tristezas”, “Faldas al Viento”, “Cuando Algo” y el terriblemente pegadizo “De Avena y Pasas”.

Bigote ha logrado que sea imposible escucharlos, verlos y no reconocerlos de inmediato. Y no es para menos destacar también la función cuasi-didáctica de estos individuos de trajecito y aires de clown que además de ponerle todo el cuerpo a sus temas, nos propusieron –canción mediante- la noción de los “Ornituflinguis Circulares” a cuya sucesión casi infinita podemos culpar cada vez que las cuestiones del amor se nos estancan. Nosotros, del otro lado, felices de incorporarla.

A medida que pasaban las canciones, los distintos géneros se hacían amigos y cada canción era un mundo diferente de fusiones lúcidas. Bigote, desde lo “ñoño” sabe como dejar de lado la solemnidad que a veces se pretende del profesionalismo y por el contrario, demostrarlo (y demostrarlo en serio) con soltura y alegría, priorizando la relación con el público. Y así, despojados del almidón que a veces se delata cuando uno se siente cómodo con lo que hace, vistieron muy bien el traje de anfitriones de su propia fiesta y desplegaron una performance elocuente llena de guiños, comentarios y chistes que hicieron inevitable la empatía (de los grandes y los chicos) con ellos y con sus temas.

Arriba, en las tablas, se veía la buena relación y química que hay entre ellos, y de ello salimos ganando todos, sobre todo su música. Abajo y prestando atención a sus miradas se delataba lo agradable que les resulta regalar alegría en formato canción. Y si tenemos en cuenta además los esfuerzos que se hacen para entregar un show distinto en cada oportunidad, el agradecimiento es inevitable, uno se siente completamente mimado como espectador.

Así, después de dos horas de función parece que algo pasa en el cuerpo y se tiene la sensación de que cada vez que se termina un show de esta banda algo cambió y uno sale del lugar más feliz de lo que entró. Me animo a agregarle un final al deseo que ellos mismos propusieron estrenando una canción: Ojalá que las cosas malas nos encuentren cacareando, y escuchando a Bigote.

Fotos y Crónica por Mariana Horno // @marianahorno // tumblr

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