Chancho Va – LubilúBar 01/05

La crónica de Chancho Va en LubilúBar, bajo la mirada de Cristian Lagiglia

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Chancho Va – LubilúBar 01/05  

Mendoza late a nivel cultural, a nivel musical, lento, muy lento. Esto no se debe a las pocas propuestas que hay o a su bajo nivel, más bien se debe la apatía de un público que, con su ausencia decidida o su bucólica presencia, les hace frente.

Doce y veinte en Lubilubar y Chancho Va ya está arriba del escenario. El acostumbrado chiste del entrañable Canario Vilariño no llega a descomprimir la postura de la gente que da la impresión, por su silencio, que van en el trole y éste acaba de parar en un semáforo. Nadie quiere que le escuchen los pensamientos.

Chaco García dispara una intro de gaitas desde su laptop, segundos después cuenta cuatro, levanta sus brazos y cuando los baja para apalear su batería y dar comienzo a La trampa, el sacudón mental habría que medirlo en escala de Richter. A partir de allí no se vislumbra un solo bache, nada de fisuras, una pared demoledora de música rebota en las maltrechas paredes del lugar. Escorpión no da respiro con un estribillo que ya se saben todos y antes de que llegue Vuelo para atrás y de que se suelte el pelo, a Yoyo Sevilla ya se le incorporó el espíritu de Kim Thayil (guitar of Soundgarden) y clava un solo exasperante y parece que se va a meter de cuerpo entero en su pedalera de tantas contorsiones. Pasan los temas y, en los intermedios, Canario Vilariño afloja las tensiones con su ironía y arrancan con un triplete indestructible y ahí la gente recién se anima a mover un poco la cabeza en la road movie con aires de himno que es Nueva media hora (nombre de su reciente E.P que podés bajar gratis desde la web de la banda) sin alucinar que el que tiene al lado lo va a atravesar con una daga de lado a lado. A matar es un punto alto del show en el que se dan el gusto de poner piloto automático para pasar a poner las cosas, si se puede, un poco más oscuras. Arranca Rompiendo el viento y Chaco García se encarga de que la cabeza te quede, mañana a la mañana, como si te hubieras tomado una pileta de vodka, con un excelente laburo vocal de Vilariño para dar paso al lucimiento, por primera vez en la noche, de Matías Serrano en Restorán Chino, y acá el ambiente se tornó tenebroso,  una especie de tema industrial en plan White Zombie y con climas que besan las orillas del stoner rock que les queda a la perfección por la velocidad que se les nota que han adquirido en miles de horas de ensayo. El final es anecdótico con una versión urgente y desprolija de Vencedores vencidos de Los Redondos para despedir a un público contenido y extasiado.

Párrafo aparte para el trabajo impecable de Chobi Zogbi, en la consola de sonido, haciendo magia con sus perillas para que Los Chancho suenen como suenan en un lugar que acústicamente no ayuda para nada.

Ver a Chancho Va a esta altura es como pensar la situación de que te fuiste de vacaciones, te comiste todo, subiste diez kilos y cuando volviste y te quisiste poner tu habitual traje, no hay manera de que te entre. A Chancho Va, Mendoza le queda chica y no le cierra por ningún lado. O buscan nuevas latitudes para mostrar su música o…adelgazan para entrar en el traje de siempre.
La postal de la noche y del show me la da mi hijo cuando, desandando las veredas de La Alameda de vuelta a casa, le pregunto que le pareció su primer concierto de rock y me contesta “…me dejaron la cabeza volando para atrás…”.

por Cristian Lagiglia

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